The Poisoned Apple

The Poisoned Apple, es una novela ilustrada basada en el cuento de Blancanieves de los hermanos Grimm.

La historia es narrada desde el punto de vista de todos los personajes protagonistas, cada uno con sus respectivas personalidades y maneras distintas de explicar la historia. ¿Porqué la Reina odia tanto a su hijastra? ¿Cómo se sintió Blancanieves cuando su madre intentó asesinarla por primera vez? ¿Porqué decidió casarse con el príncipe? Muchas de las  famosas incógnitas de este cuento no tan infantil son respondidas en The Poisoned Apple.

Ilustraciones: Carla Huerta
Textos: Carmen de Murga y Carla Huerta


Estos son algunos de los fragmentos del libro:



Capítulo 1

"Mientras seguía cosiendo la pequeña camisa, no pude evitar que mi mirada vagara lejos de la habitación, deteniéndose en el paisaje nevado al otro lado de la ventana de ébano tallado. Había olvidado, por un instante, mi labor; fue entonces cuando sentí un pinchazo en el dedo. Miré sorprendida mi mano, a tiempo para ver cómo tres gotas de sangre se deslizaban por mi dedo, cayendo sobre la nieve virgen que descansaba sobre el alfeizar. Me maravilló el contraste de la sangre sobre la nieve, la belleza de blanco contra carmesí. Lentamente, dejé a un lado mi costura y me llevé la yema del dedo a los labios, degustando en silencio su intenso sabor metálico.

- Ojalá la criatura de mis entrañas tuviera la piel tan blanca como la nieve, los labios tan rojos como la sangre y los cabellos tan negros como el ébano... - musité, acariciando con ternura mi abultado vientre. Pero entonces el bebé se movió en mi interior y sentí una breve punzada, seguida de un dolor sordo e intenso. Mi piel palideció y entonces tuve un terrible presentimiento, un presentimiento que pronto se convirtió en fría certeza. Sabía... sabía perfectamente que moriría al dar a luz."


"Aquel último día, mi aspecto me pareció lamentable. Fue entonces cuando sentí la llegada súbita del dolor, y rompí aguas. Las curanderas y las nodrizas acudieron rápidamente en mi ayuda y, mientras gemía de dolor, sentí la cálida mano de mi marido cerrarse sobre la mía, fría y resbaladiza por el sudor.

 No me soltó ni un solo instante, ni siquiera cuando los gritos desgarraron mi garganta y el dolor se convirtió en la única sensación que podía percibir.

- Tranquila, esposa mía... todo saldrá bien... - intentó reconfortarme. Y, aunque apenas podía verle, supe que, mientras hablaba, me miraba con aquella sonrisa sincera que yo tan bien conocía.

Y le creí... y esperé a que el dolor terminara... y todo se volvió rojo, y más tarde se fundió en negro.
Y no volví a despertar nunca más."


Capítulo 3

"-Espejo mágico... ¿Quiénes la más bella de todas las mujeres?- pregunté a mi propio reflejo, observando complacida cómo éste esbozaba una pícara sonrisa.

Mi reflejo despegó sus carnosos labios para responderme, y sonreí extasiada, dispuesta a escuchar lo que sabía tan bien.

-Mi reina...vos sois la más hermosa de todas.

Una mueca de complicidad se asomó a mi rostro; el encantamiento puesto sobre aquél espejo hacía que cualquier cosa que respondiera no fuera sino la pura verdad. Cubrí el cristal de nuevo y volví a vestirme, sin poder evitar reír complacida mientras lo hacía. No había mujer, ni en aquel reino ni en ningún otro, cuya belleza pudiera rivalizar con la mía. Y jamás la habría. Jamás."


Capítulo 4

"-La matarás...y me traerás como prueba su corazón...

Me atreví a mirarla, y sus ojos, fríos como el hielo, me traspasaron de parte a parte como cuchillos. Mi señora se acercó lentamente a mí, sosteniendo en sus manos una pequeña caja de madera negra, cuidadosamente decorada.

El miedo y la impotencia me dejaron clavado en el suelo. No podía negarme a una orden, aunque fuera una orden como aquélla. Y aún así, tampoco me sentía capaz de arrebatar la vida a una criatura tan magnífica como Blancanieves. Me atreví a dudar sólo un instante, sabiendo que una vacilación evidente no haría más que provocar la furia de mi reina. Tomando mi decisión, alargué la mano y cogí la caja. Me marché de la habitación sin mirar atrás. No necesitaba hacerlo para sentir los ojos de mi señora clavados en mi espalda; penetrantes, fríos e inyectados en sangre."


Capítulo 5

"Pero las cosas no sucedieron como yo esperaba. Sin darme cuenta, habíamos ido adentrándonos entre los árboles y estábamos ya lejos del castillo. Fue entonces cuando la mirada de él se endureció y la seriedad dominó su rostro. Desenvainó su cuchillo y yo lo miré sin comprender, dando involuntariamente dos pasos hacia atrás. Me invadió una inexplicable sensación de amenaza; así debía de sentirse una presa ante el cazador.

Él se acercó despacio, como si no quisiera asustarme, para evitar que saliera corriendo. De todas formas, no hubiera podido hacerlo. Algo me mantenía clavada al suelo, impidiéndome escapar. El cazador alzó el cuchillo y mis piernas fallaron. Horrorizada, me dejé caer al suelo, temblando de miedo, llevándome las manos a la cabeza en un intento absurdo de protegerme. Rompí a llorar para liberar la angustia que me llenaba, esperando dejar de sentir en cualquier instante, cuando el frío acero penetrara en mi cuerpo. Pero no sucedió nada y, tras unos segundos que me parecieron eternos, me atreví a alzar la mirada hacia el cazador.

El hombre dudaba, aún con el cuchillo alzado. Oí su voz ronca muy débilmente, como si estuviera hablándose a sí mismo, y no a mí.

- La Reina me ha enviado para matarte... – dijo. No parecía una confesión, sino un recordatorio para él.

 Tuve la sensación de que él mismo necesitaba convencerse y busqué sus ojos, aterrorizada.

- Por favor... – supliqué – Por favor... déjame vivir..."


Capítulo 8

"En aquel lugar, entre tantos árboles que ocultaban el cielo, era casi imposible para mí decir qué hora era. La poca luz que se filtraba entre las hojas había ido menguando, y supuse que la noche estaba a punto de caer. Pronto, incluso aquella luz se desvaneció. Quedé rodeada de una absoluta oscuridad, salvo por los ojos relucientes que veía o creía ver en la espesura, todos fijos en mí. Ni siquiera así me detuve, aunque mi carrera se había vuelto más alocada y chocaba cada vez con más frecuencia por culpa de la falta de luz.

Primero oí cómo caían sobre las hojas, y después sentí el tacto frío de unas gotas sobre mi piel. Empezaba a llover. El suelo bajo mis pies se volvió resbaladizo y empecé a empaparme, llenando mis ya destrozadas ropas de barro cada vez que tropezaba y volvía a caer. Ya no podía correr tan deprisa, me faltaba la respiración y sabía que pronto tendría que detenerme... Pero tenía que encontrar algún refugio, algún lugar donde pudiera esconderme de la lluvia, de las bestias feroces, de la sombra de la Reina. Tenía que existir algún sitio seguro donde protegerme de todos ellos, donde nunca me encontraran ni pudieran hacerme daño."


Capítulo 10


Al fondo de la cabaña había unas escaleras de madera. Las subí poco a poco, temiendo que mi peso pudiera hundirlas, y llegué a una pequeña habitación donde había siete diminutas camas cubiertas con sábanas. Probé cada una de ellas, pero eran demasiado incómodas para mí. La última en la que me tumbé me pareció la mejor de todas, así que decidí dormir en ella.

Antes de cerrar los ojos, entrelacé mis manos y, como cada noche, comencé a rezar. Rogué en silencio para que todo lo que me había sucedido desde el amanecer no fuera más que una pesadilla, rogué que mi madre no me odiara, que mi vida no terminara tan pronto... Y supliqué en silencio que, al despertar, volviera a encontrarme en mi reconfortante cama de palacio."


Capítulo 11

"Me incorporé, intentando despejarme mientras empezaba a ser consciente de lo que me rodeaba y de las punzadas de protesta que me enviaban mis articulaciones.

Grité, horrorizada.

A mi lado, en las seis camas restantes, dormían siete criaturas deformes y horripilantes, del tamaño de un niño pero con el rostro de un anciano. Con mis gritos no conseguí otra cosa que despertarles. Se levantaron lentamente, tal vez para no asustarme, y se acercaron a mí despacio, esbozando sus terroríficas sonrisas. Sentí sus hinchados ojos estudiarme una y otra vez, haciendo que chillara más fuerte. Se miraron entre ellos y uno de ellos trató de decir algo, que se perdió entre mis gritos.

 Volvieron a mirarse y entonces dejaron de acercarse a mí, esperando con paciencia a que me calmara. Retrocedí ligeramente, llevándome la sábana conmigo como si ésta fuera a protegerme. El enano que había intentado hablar antes tomó de nuevo la palabra, dirigiéndose a mí en nombre de todos.

- No tengas miedo, niña... ¿Cómo te llamas? – preguntó, mientras me miraba fijamente con aquellos horribles ojos saltones."


Capítulo 12

"- Espejo mágico... ¿Quién es la más hermosa de todas?

El espejo tardó unos segundos en responder, y por un instante pude ver como mi reflejo me sonreía, insolente.

- Mi Reina, la más hermosa eras... pero ahora Blancanieves, pasados los bosques, con los siete enanos, te supera.
Sentí la ira estallar en mi interior y cerré con violencia las puertas del armario, viendo por un instante cómo mi propio reflejo empezaba a reírse de mí. El espejo decía la verdad; el encantamiento que pesaba sobre él le obligaba a hacerlo. Dentro de mí, la sangre hervía y mi alma se retorcía, furiosa. Mi cazador me había mentido... había preferido salvar la vida de aquella vulgar ramera, traicionándome. Había preferido arriesgarse a provocar mi ira antes que obedecer a su señora. Vociferé para llamar a los guardias y los envié en busca de aquel desgraciado. Su repugnante compasión lo llevaría a pudrirse lentamente en mis mazmorras, o tal vez su sufrimiento no durara tanto. Quizá me encargara de él más tarde, cuando me asegurara de que Blanca no volvía a abrir los ojos... jamás."



Capítulo 13

"La mujer se colocó tras de mí y, con prudencia, quitó el cordón negro y desgastado. Entonces empezó a pasar el hermoso cordón escarlata en su lugar. Mientras lo hacía, sentí cómo se tensaba con fuerza y cómo el corsé se me ceñía cada vez más contra el cuerpo. Era bastante incómodo.

- Me está apretando mucho, señora... – dije, aunque empezaba a costarme algo de trabajo hablar - ¿Podría aflojarlo un poco?

Pero la anciana no me escuchaba, y seguía apretando la cuerda cada vez más, pasándola por un agujero tras otro y tensándola una y otra vez. Cuando hubo terminado, la mujer estiró el cordón con fuerza una última vez, y sentí como se detenía mi respiración. Me estaba asfixiando."


Capítulo 14

"- Muéstrame a Blancanieves...

El espejo buscador obedeció, mostrándome lo que sucedía. Siete deformes enanos acababan de llegar al lugar del que yo me había marchado, encontrando a Blancanieves en el suelo, sus rasgos pálidos tornándose deliciosamente azulados. Pero entonces, uno de aquellos monstruos repugnantes sacó su cuchillo, rasgando el corsé para dejarla respirar. Blancanieves estaba viva, viva y jadeando con dificultad, buscando el aire con avidez, intentando explicarles lo sucedido. Vi con repugnancia cómo el color retornaba a sus cadavéricas mejillas, y mi única satisfacción fue ver cómo su rostro se contraía de dolor con cada respiración, un recordatorio cruel de la presencia de sus costillas rotas."


Capítulo 15

"Discutimos sobre el precio del peine hasta llegar a un acuerdo y, cuando lo hube comprado, la mujer se ofreció para desenredar mi pelo y recogerlo en una hermosa trenza. Me senté en el escalón del porche y ella empezó a deslizar el peine por mis cabellos, desenmarañándolos con suavidad. Suspiré, aliviada. El cosquilleo del peine era agradable y la anciana hablaba de vez en cuando, alabando el color oscuro de mi melena. Pero el cosquilleo empezó a convertirse en un hormigueo, el adormecimiento dio paso al mareo y empecé a sentir cómo mi cuerpo se relajaba contra mi voluntad. Traté de mantener los ojos abiertos, pero tampoco ellos me obedecieron, y sentí como la conciencia empezaba a abandonarme.

Lo último que escuché fue la voz de la anciana.

- De qué te sirve ser tan bella... si te falta la vida..."


Capítulo 17

"Apenas hubo pronunciado las palabras, dio un mordisco a su mitad y empezó a degustarla lentamente, mientras me sonreía. Abrí la puerta, tal y como ella quería, y cogí la tentadora fruta que aún me ofrecía.

 Miré con ojos vacíos como ella masticaba lentamente, sonriendo todavía. Resultaba difícil de creer que detrás de aquella máscara estuviera mi madre, la misma que había cuidado de mí durante mi niñez, la que me había leído cuentos de hadas antes de irme a dormir; más aún cuando la realidad que vivíamos era tan distinta de aquellas historias que me contaba. Me odiaba, mi propia madre me odiaba, hasta tal punto que deseaba que desapareciera. Y yo ya no podía seguir huyendo y ocultándome... Si me había encontrado una vez, podría volver a hacerlo. No importaba lo lejos que me marchara, lo mucho que me escondiera; no podía tener la puerta cerrada para siempre...



Me llevé la manzana a los labios para morderla y la sonrisa de la mujer se acentuó, mientras sus ojos ansiosos se clavaban en mí, sedientos de muerte. No quería complacerla, no quería extinguirme poco a poco hasta yacer, fría y pálida, como la nieve. Tenía tantas cosas todavía por hacer, tantas otras por conocer, tantos sueños que cumplir... Pero estaba cansada de correr, cansada de huir; sólo deseaba que todo aquello terminara.

Mordí la manzana y tragué, apenas sin masticar. El trozo se negó a pasar más allá de mi garganta y traté de toser, pero no conseguí hacerlo salir. Las fuerzas empezaron a abandonarme lentamente y mis piernas se negaron a seguir sosteniéndome. Me desplomé en el suelo, con los ojos abiertos de par en par, sin poder moverme o hablar, y sentí cómo mis miembros se entumecían y mi piel empezaba a enfriarse..."


Capítulo 18

"Cayó al suelo, con los ojos desorbitados, llenos de terror, sin vida. La manzana mordida rodó desde su mano paralizada. Una sensación de puro éxtasis nació en mi vientre y se retorció en mi garganta, estallando en una risa que apenas podía contener.

-¡Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano... y MUERTA! – grité, mi voz desgarrada por el verdadero triunfo.

Los enanos no podrían hacer nada por ella; por mucho que corrieran, aunque hubieran llegado en aquel mismo instante... era demasiado tarde. El tiempo de Blancanieves había terminado." 


Capítulo 19

"No sé cuánto tiempo pasó, ya que ni siquiera podía dormir. Horas, tal vez días. Les escuché hablar, cerca. No querían enterrarme, decían; era demasiado hermosa para estar en la oscuridad de la tierra. Me construirían una urna de cristal para que durmiera siempre en ella, silenciosa e inmóvil como una obra de arte. Al menos, no sería privada de la luz del sol; al menos no me rodearía la tierra húmeda, ni me desharía lentamente en la oscuridad. Pero, incluso en aquel ataúd transparente, me sentía cada vez más angustiada y asfixiada. Me sentía como una flor de invernadero en mi cárcel de cristal; consciente, pero a la vez muerta. Veía cómo los enanos hacían turnos para cuidarme, y limpiaban mi urna, y me hablaban. Y yo no podía responderles, ni moverme, ni sonreír, ni dejar escapar mi desasosiego en forma de gritos o lágrimas. 

Con el paso de los días comprendí que hubiera preferido estar muerta de verdad, no en aquel umbral entre dos mundos, observando el mundo desde los ojos abiertos de un cadáver."


Capítulo 20

"No había imaginado aquella voz, ahora lo sabía con certeza. Cuando los enanos subieron a verme de nuevo, volví a escucharla, y supe que venía alguien más. Pude ver el rostro del hombre cuando se inclinó sobre mi féretro, y un escalofrío me recorrió inesperadamente cuando vi cómo se encendía lentamente su mirada. Al principio, me dije que era sencilla admiración. Pero aquel extraño acudió a verme de nuevo, primero un día y después otro más, sin dejar nunca de mirarme con aquellos ojos donde iba prendiendo el deseo. Cuando su mirada se deslizaba lentamente por mi cuerpo, yo deseaba con todas mis fuerzas que aquella belleza que todos admiraban se desvaneciera.

Un día, el hombre vino solo. Con la osadía que le brindaba la ausencia de los enanos, alzó la tapa de la urna y acarició con su mano ardiente mi fría piel. Su cercanía y la intensidad de su mirada me aterrorizaron.
Qué fría estaba. Parecía estar hecha del mismo cristal que su sepulcro, y tuve que retirar mi mano durante un instante. Su piel era suave todavía. A pesar de aquella mirada perdida y la inmovilidad de su pecho, no parecía muerta, sino dormida, sumida en un profundo sueño. Cómo deseaba llenar de calor aquel gélido cuerpo, insuflar vida en aquellos labios entreabiertos, sentir cómo su tacto de escarcha cedía bajo la calidez mis dedos.


¿Qué quería de mí, acercándose de aquella manera? Mis chillidos sólo encontraron eco en mi interior; mis brazos, que querían apartarle, frenéticos, sólo se movieron en mi mente; sus labios rozaron los míos, y ninguna de las lágrimas que quería derramar resbaló por mis mejillas."



"- No huyas, Blancanieves – me oí decir - Quédate a mi lado, y te haré feliz...

Hubiera forcejeado hasta hacer que me soltara. Pero aquella última palabra me detuvo, la sinceridad en su voz me frenó. ¿Por qué me tentaba con aquella absurda promesa? Yo ya no podía confiar en nadie; mi propia madre había intentado acabar conmigo y, una vez tras otra, yo había caído en su trampa.

¿Quién podía asegurarme que aquel hombre que me tenía en brazos no trataría de hacerme daño? Pero también sabía que no podía seguir mi camino sola, que no tenía ningún lugar al que regresar, que era incapaz de defenderme, que necesitaba que alguien me protegiera. Tomé mi decisión en silencio, y dejé de debatirme, sintiendo una punzada de tristeza. No amaba a aquel hombre ni deseaba quedarme a su lado pero, tal vez, cuando llegara a conocerle, con el paso de los años... tal vez entonces pudiera aprender a amarle y volver a confiar."


Capítulo 21

"Cuando llegó el día de la celebración, entré en el castillo cogida del brazo de mi marido, pero él me soltó de repente, sin motivo. Escuché la voz del novio ordenar a los guardias que me apresaran, y fui aferrada sin ninguna consideración. Me debatí, exigiendo a gritos una explicación para aquel comportamiento intolerable. Y entonces la vi. Detrás del príncipe, ataviada para su boda con un vestido blanco como la nieve, estaba ella... Me quedé paralizada al verla, viva, respirando, parecía un producto de mis pesadillas, un fantasma que no dejaría de perseguirme y torturarme hasta el fin de mis días. 

¡Maldita niña! ¡Maldita fuera aquella desgraciada! Deseaba matarla, hacerla desaparecer para siempre, pero ella siempre permanecía, no importaba lo que hiciera, nunca me dejaría vivir en paz... Ojalá pudiera destruirla y no volver a verla jamás..."


"Tuve que bailar en la boda de Blanca con aquellos horribles zapatos, sintiendo cómo destrozaban mis preciosos tobillos y deshacían mis delicados dedos. Ardían como el infierno y yo no podía dejar de chillar, de aullar con el dolor inimaginable que sentía. Y la princesa no dejaba de mirarme, con aquellos ojos cristalinos llenos de compasión. No quería para nada su ridícula compasión, no necesitaba su asquerosa piedad, sólo quería verla muerta, que desapareciera de mi maldita vista, que se consumiera en cien muertes distintas y horribles, gritando tanto como yo lo hacía. 

Cuando los zapatos de hierro se enfriaron del todo caí destrozada y agotada al suelo. No podía andar, así que empecé a arrastrarme lentamente hacia la salida del castillo. Sentía sobre mí la mirada de mi esposo, llena de odio; la del príncipe, llena de rabia; la de los invitados, llena de repugnancia. Pero la única mirada que no podía apartar de mi mente era la de los ojos apenados de Blancanieves. Los sentí clavados en mí todo el tiempo, hostigándome, acechándome en todo momento mientras me alejaba, con los pies deformados y la piel ampollada, dejando un rastro ensangrentado sobre la nieve." 



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